martes, 12 de abril de 2011

La conciencia de Zeno (La coscienza di Zeno). 1923. Autor: Italo Svevo (Fragmentos)

" En la mentalidad de un joven de familia burguesa el concepto de vida humana va asociado al de la carrera y en la primera juventud la carrera es la de Napoleón I, sin por ello soñar a llegar a ser emperador, porque podemos parecernos a Napoleón permaneciendo mucho – pero que mucho- más abajo. El sonido más rudimentario, el de las olas del mar, que desde que se forma cambia a cada instante hasta morir, sintetiza la vida más intensa. Por eso, yo también esperaba llegar a ser y deshacerme como Napoleón y la ola.

(…)
 

Lo curioso es que mi aventura matrimonial empezó con el conocimiento de mi futuro suegro y la amistad y la admiración que le profesé antes de saber que era padre de muchachas casaderas.
Giovanni Malfenti, tan distinto de mí y de todas las personas cuya compañía y amistad había buscado yo hasta entonces, satisfacía mi deseo de novedad. Yo era bastante culto, pues había pasado por dos facultades universitarias y también por mi larga indolencia de años, que considero muy instructiva. En cambio, él era un gran negociante inculto y activo, pero su ignorancia le proporcionaba fuerza y serenidad y a mí me encantaba observarlo y lo envidiaba.
Malfenti tenía entonces casi cincuenta años, una salud de hierro y un cuerpo enorme, alto y grueso, de más de un quintal de peso. Las pocas ideas que se agitaban en su enorme cabeza las desarrollaba con tal claridad, las analizaba con tal asiduidad, las aplicaba a tantos asuntos nuevos de cada día, que se convertían en partes suyas: sus miembros, su carácter. Yo era muy pobre en ideas así y me apegué a él para enriquecerme.
Me senté a aquella mesa en la que sobresalía mi futuro suegro y de allí no me moví más, como si hubiera llegado a una auténtica cátedra comercial, como la que buscaba desde hacía tanto tiempo.
Estaba muy dispuesto a enseñarme e incluso anotó de su puño y letra tres mandamientos que, según consideraba, bastaban para hacer prosperar cualquier empresa: 1) No es necesario saber trabajar, pero quien no sabe hacer trabajar a los demás perece. 2) Sólo hay un gran motivo de remordimiento: el de no haber sabido trabajar en pro del interés propio. 3) En los negocios la teoría es utilísima, pero sólo es aplicable cuando se ha liquidado el negocio.
Me sé de memoria estos y muchos otros teoremas, pero a mí no me fueron de provecho.

Me casé con su hija. Ahora escruto a veces los rostros de mis hijos para ver si, junto a mi fina barbilla, señal de debilidad, junto a mis ojos soñadores, que les transmití, hay en ellos al menos algún rasgo de la fuerza brutal del abuelo que yo les elegí.”



La conciencia de Zeno (La coscienza di Zeno). 1923
Italo Svevo

lunes, 11 de abril de 2011

Una danza para la música del tiempo.( A dance to music of time) (1951-1975). Autor: Anthony Powell (Fragmentos).

“ El nombre de restaurante chino Casanova ofrecía una de esas inequívocas mezclas de elementos imaginativamente dispares que sugieren una actitud mental o una forma de vida completamente nuevas. La idea de que Casanova prestara su nombre a un restaurante chino no sólo unía Oriente con Occidente, el presente con el pasado, sino que también, desde una visión más localista, sugería por su propia incongruencia un lugar extraordinariamente adecuado para que todos nosotros cenáramos allí aquella noche. Entramos en dos grandes salas en las que la mayoría de las mesas estaban ocupadas. La clientela, predominantemente varones de rasgos asiáticos, tenía una base compuesta por hombres de negocios chinos y estudiantes indios. Unos cuantos hombres de raza negra compartían la mesa con jóvenes de raza blanca rubísimas, y salpicaban también la clientela algunos comensales pertenecientes a esas razas étnicamente indefinibles  que colonizan el Soho y se cruzan allí. A lo largo de las paredes, unos frescos de tonos pastel, realizados con infinita pobreza de dibujo, evocaban Dios sabe qué nadir de degradación estética.
(...)
 La guerra había arrojado a la orilla toda clase de restos de naufragios, en toda suerte de costas. En su momento, cuando se retirara el oleaje, gran parte de aquellos pecios flotarían de nuevo, en un proceso que duraría varios años a medida que amainaran los vientos. Entre los muchos individuos dispersos y extenuados ahora en la arena, bastantes resistirían la fuerza de la resaca. Algunos revivirían allí mismo donde los habían dejado las olas; pero otros, los más decididos, se arrastrarían tierra adentro.
(...)
 De vez en cuando, quizá cada año y medio, me llegaba una invitación para tomar el té el domingo en el Ufford en forma de postal escrita con la letra apretada y clara de tío Giles. Aquel hotel privado de Bayswater, en el que  se alojaba durante sus relativamente esporádicas visitas a Londres, ocupaba dos edificios esquineros en una escondida y casi impenetrable zona del oeste de la Queen´s Road. El color gris de los edificios –gris de acorazado- y también la configuración del bloque en conjunto, angulosa y rematada con una pesada estructura en su parte superior, sugerían la imagen de un gran buque anclado en la calle. Pero incluso dentro, por lo menos en su planta baja, el Ufford evocaba la vida en el mar, aunque no ciertamente la estancia a bordo de un lujoso transatlántico; a lo sumo, en alguna de las viejas goletas que aparecen en las novelas de Conrad, tal vez decorada en otros tiempos como yate de recreo de un ricachón, pero deslustrada ahora por el paso de los años y reducida a usos innobles, como el tráfico de turistas, de peregrinos o incluso de inmigrantges ilegales."

Una danza para la música del tiempo.
A dance to music of time. (1951-1975)
Anthony Powell

lunes, 4 de abril de 2011

Vida y destino (Zhizn i Sudbá). 1959. Autor: Vasili GROSSMAN (Fragmentos)

" Era Stalingrado la que determinaría la filosofía de la Historia y los sistemas sociales del futuro. La sombra del destino del mundo ocultó a los ojos de los hombres la ciudad que en un tiempo había conocido una vida normal y corriente. Stalingrado se convirtió en la señal del futuro.

La vieja mujer, al acercarse a su casa, se encontraba sin darse cuenta bajo el poder de las fuerzas que se habían manifestado en Stalingrado, aquel lugar donde ella había trabajado, criado a su nieto, escrito cartas a sus hijas, enfermado de gripe, se había comprado zapatos.

Pidió al conductor que se detuviera, se apeó del vehículo. Abriéndose camino con dificultad a través de la calle desierta, todavía sembrada de escombros, contemplaba las ruinas y reconocía vagamente los restos de las casas vecinas a la suya.
Aleksandra Vladimirovna entrevió con sus viejos ojos hipermétropes las paredes de su apartamento, reconoció la pintura azul y verde descolorida. Pero las habitaciones no tenían suelo ni techo, no había escalera por la que subir.
Con una fuerza brutal que le sacudió el alma, percibió toda su vida: sus hijas, su desdichado hijo, su nieto Seriozha, las pérdidas irreparables y su cabeza gris, sin un techo. Una mujer débil, enferma, con el abrigo raído y los zapatos destaconados miraba las ruinas de su casa.
¿Qué le deparaba el futuro? A sus setenta años, era una incógnita. “Queda vida por delante”, pensó Aleksandra Vladímirovna. ¿Qué sería de aquellos que amaba? No lo sabía. Un cielo primaveral la miraba a través de las ventanas vacías de su casa.

 Y ahí estaba, una mujer vieja ahora; vive esperando el bien, cree, teme el mal, llena de angustia por los que viven y también por los que están muertos; ahí está, mirando las ruinas de su casa, admirando el cielo de primavera sin saber que lo está admirando, preguntándose por qué el futuro de los que ama es tan oscuro y sus vidas están tan llenas de errores, sin darse cuenta de que precisamente esa confusión, esa niebla y ese dolor aportan respuesta, la claridad, la esperanza, sin darse cuenta de que en lo más profundo de su alma ya conoce el significado de la vida que le ha tocado vivir, a ella y a los suyos. Y aunque ninguno de ellos pueda decir qué les espera, aunque sepan que en una época tan terrible el ser humano no es ya forjador de su propia felicidad y que sólo el destino tiene el poder de indultar y castigar, de ensalzar en la gloria y hundir en la miseria, de convertir a un hombre en polvo de un campo penitenciario, sin embargo ni el destino ni la historia ni la ira del Estado ni la gloria ni la infamia de la batalla tienen poder para transformar a los que llevan por nombre seres humanos. Fuera lo que fuese lo que les deparara el futuro – la fama por su trabajo o la soledad, la miseria y la desesperación, la muerte y la ejecución- ellos vivirán como seres humanos y morirán como seres humanos, y lo mismo para aquellos que ya han muerto; y sólo en eso consiste la victoria amarga y eterna del hombre sobre las fuerzas grandiosas e inhumanas que hubo y habrá en el mundo.”

Vida y destino (Zhizn i Sudbá). 1959
Vasili GROSSMAN

domingo, 3 de abril de 2011

En busca del tiempo perdido (La parte de Guermantes). À la recherche du temps perdu (Le côté de Germantes). Autor: Marcel PROUST (Fragmento).

“ Yo llevaba mucho tiempo sin ver a Swann y me pregunté por un instante si en tiempos se recortaba el bigote o llevaba el pelo cortado a cepillo, pues vi en él algo cambiado; era sólo que estaba en efecto muy “cambiado”, porque estaba muy enfermo y la enfermedad produce modificaciones tan profundas en el rostro como las de empezar a dejarse barba o cambiar la raya de sitio. (La enfermedad de Swann era la que se había llevado a su madre y que ésta había contraido precisamente a la edad que él tenía. Nuestras vidas están, en realidad, tan llenas de cifras cabalísticas, de suertes echadas, por la herencia, como si de verdad existieran las brujas y, así como hay determinada duración de la vida para la Humanidad en general, así también la hay para las familias en particular, es decir, en las familias para los miembros que se parecen.) Swann iba vestido con una elegancia que, como la de su mujer, asociaba lo que era con lo que había sido. Embutido en una levita de color gris perla, que realzaba su gran estatura, esbelto, con guantes blancos de listas negras, llevaba una chistera gris ensanchada, que Delion ya sólo hacía para él, para el príncipe de Sagan, para el Sr. de Charlus, para el marqués de Módena, para el Sr. Charles Haas y para el conde Louis Turenne. Me sorprendió la encantadora sonrisa y el afectuoso apretón de manos con los que respondió a mi saludo, pues creía que, después de tanto tiempo, no me habría reconocido enseguida; le expresé mi asombro y lo acogió con carcajadas, un poco de indignación y una nueva presión de mano, como si fuera a poner en duda la integridad de su cerebro o la sinceridad de su afecto suponer que no me reconocía y, sin embargo, así era; no me indentificó – lo supe mucho más adelante- hasta unos minutos después, al oír mi nombre, pero su dominio y seguridad en el ejercicio de la vida mundana eran tales, que ningún cambio en su rostro, en sus palabras, en las cosas que me dijo, reveló el descubrimiento que una palabra del Sr. de Guermantes le había brindado.
(…)
“Lo perdono”, dijo, distraída, la duquesa (de Guermantes), quien, tras parecer asaltada de repente por una idea que la alegró, reprimió una ligera sonrisa, pero volvió en seguida a dirigirse a Swann: “Bueno, ¿qué? No nos ha dicho si vendrá a Italia con nosotros”.
“Creo, señora, que no será posible.”
“Pues entonces la Sra. de Montmorency tiene más suerte. Estuvo usted con ella en Venecia y en Vicenza. Me dijo que con usted se veían cosas que, si no, nunca se verían, de las que nadie ha hablado nunca, que le enseñó usted cosas insólitas y que, incluso en las cosas conocidas, pudo comprender detalles, ante los cuales, de no haber estado usted con ella, habría pasado veinte veces sin advertirlos nunca. La verdad es que ha resultado más favorecida que nosotros…
Swann rompió a reir.
“De todos modos, me gustaría saber”, le preguntó la Sra. de Guermantes, “como puede usted saber, con diez meses de adelanto, que será imposible”.
“Mi querida duquesa, se lo diré, si se empeña, pero ante todo ya ve que estoy muy enfermo”.
“Sí mi querido Charles, me parece que no tiene usted buena cara precisamente, no me gusta nada su color, pero no se lo pido para dentro de ocho días, sino para dentro de diez meses. Para dentro de diez meses hay tiempo de curarse, ¿verdad?
Pues, a ver, en una palabra, ¿cuál es la razón que le impedirá ir a Italia?”, preguntó la duquesa, al tiempo que se levantaba para despedirse de nosotros.
“Pues, mi querida amiga, la de que llevaré varios meses muerto. Según los médicos, a los que he consultado, al final del año la dolencia que tengo, y que, por lo demás, puede llevárseme en seguida, no me dejará en cualquier caso más de tres o cuatro meses de vida y, aun así, es el máximo”, respondió Swann sonriendo, mientras el lacayo abría la puerta vidriera para dejar pasar a la duquesa.
“Pero, ¿qué me dice?”, exclamó la duquesa, al tiempo que se detenía un segundo en su camino hacia el coche y alzaba sus hermosos ojos azules y melancólicos, pero cargados de incertidumbre. Colocada por primera vez en su vida entre dos deberes tan diferentes como montar en su coche para ir a cenar fuera y manifestar piedad a un hombre que iba a morir, no veía nada en el código de la compostura que indicara la jurisprudencia que seguir y, no sabiendo a cuál conceder prelación, consideró oportuno hacer como que no se creía que se planteara la segunda opción, a fin de obedecer a la primera, que exigía en aquel momento menos esfuerzo, y pensó que la mejor forma de resolver el conflicto era la de negarlo. “¿Está usted de broma?”, dijo a Swann.
“Sería una broma de un gusto encantador”, respondió, irónico, Swann. “No sé por qué se lo digo, hasta ahora no le había hablado de mi enfermedad, pero como me lo ha preguntado y ahora puedo morir de un día para otro… Pero sobre todo no quiero que se retrasen, ya que van a cenar fuera”, añadió, porque sabía que, para los demás, sus propias obligaciones mundanas tienen prelación sobre la muerte de un amigo y, gracias a su cortesía, se ponía en su lugar, pero el de la duquesa le permitía también advertir confusamente que la cena a la que ella iba a ir debía contar para Swann menos que su propia muerte.”

En busca del tiempo perdido (La parte de Guermantes).
À la recherche du temps perdu (Le côté de Germantes).
Marcel Proust.

lunes, 28 de marzo de 2011

Memorias de ultratumba (Mémoires d'outre-tombe ). 1846. Autor: François-René de CHATEAUBRIAND.

" Entre esta multitud había un hombre de entre treinta y treinta y dos años en el que nadie se fijaba, y el cual tampoco prestaba atención más que a un grabado de la muerte del general Wolf. Impresionado por su aspecto, pregunté quién era; uno de los que tenía al lado respondió: “No es nadie, un simple campesino vandeano, que trae una carta a sus jefes”.

Este hombre, “que no es nadie”, había visto morir a Cathelineau, primer general de la Vendée y campesino como él; a Bonchamp, imagen rediviva de Bayardo; a Lescure, armado de un silicio que no era a prueba de balas; a D´Elbée, fusilado en un sillón, ya que sus heridas no le permitían abrazar de pie la muerte; a la Rochejaquelein, cuyo cadáver los patriotas ordenaron “verificar”, para tranquilizar así a la Convención en medio de sus victorias. Este hombre, “que no era nadie”, había asistido a doscientas conquistas y reconquistas de ciudades, aldeas y reductos, a setecientas acciones especiales y a diecisiete batallas campales; había combatido contra trescientos mil hombres de fuerzas regulares, contra seiscientos o setecientos mozos de reemplazo y guardias nacionales; había ayudado a apoderarse de cien cañones y cincuenta mil fusiles; había atravesado las “columnas infernales”, compañías de incendiarios mandados por convencionales; se había encontrado en medio del océano de fuego que, por tres veces, desencadenó sus olas sobre los bosques de la Vendée; por último, había visto perecer a trescientos mil Hércules del arado, compañeros suyos de fatigas y convertirse en un desierto de cenizas cien leguas cuadradas de una fértil región.

Las dos Francias se enfrentaron en este suelo nivelado por ellas. Todo cuanto quedaba de sangre y de recuerdo en la Francia de las cruzadas, pugnó contra lo que había de nueva sangre y de esperanzas en la Francia de la Revolución. El vencedor sintió la grandeza del vencido. Thureau, general de los republicanos, declaraba que “los vandeanos entrarán en la Historia en el primer rango de los pueblos soldado”.

Tenía el aire indiferente del salvaje; su mirada era torva e inflexible como una barra de hierro; su labio inferior temblaba contra sus apretados dientes; los cabellos le caían de la cabeza cual serpientes adormecidas, pero prestas a enderezarse; sus brazos pendulones imprimían una sacudida nerviosa a unos enormes puños llenos de cicatrices de sablazos. Su fisonomía expresaba una naturaleza popular rústica, puesta, por la fuerza de la costumbre, al servicio de intereses y de ideas contrarias a esta naturaleza; la fidelidad nativa del vasallo, la simple fe del cristiano se mezclaban con la ruda independencia plebeya acostumbrada a conocer su propio valor y a tomarse la justicia por su mano. El sentimiento de su libertad parecía no ser en él sino la conciencia de la fuerza de su mano y de la intrepidez de su ánimo. No hablaba más de lo que lo hubiera hecho un león; se rascaba y bostezaba como tal, se echaba sobre un costado cual león enfurruñado y soñaba aparentemente con sangre y bosques: su inteligencia era del mismo tipo que la de la muerte."


Memorias de ultratumba (Mémoires d'outre-tombe ). 1846
François-René de CHATEAUBRIAND
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lunes, 14 de marzo de 2011

Retorno a Brideshead (Brideshead revisited). 1945. Autor: Evelyn Waugh. (Fragmentos)



Retorno a Brideshead
(Brideshead revisited). 1945
Evelyn Waugh





" Me sentí como el marido que, después de cuatro años de matrimonio, se da cuenta de repente de que ya no siente deseo, ternura ni aprecio por la mujer que una vez amó; ningún placer en su compañía, ningún interés en gustarle, ninguna curiosidad por nada que ella pudiera hacer, decir o pensar; ninguna esperanza de que las cosas se arreglaran, ningún sentimiento de culpa por el desastre. La conocí como se conoce a la mujer con la que se ha compartido la casa, un día sí y otro también, durante tres años y medio; conocí sus hábitos de desaliño, descubrí lo rutinario y mecánico de sus encantos, sus celos y su egoísmo. El encantamiento había terminado y ahora la veía como a una antipática desconocida con la que me había unido indisolublemente en un momento de locura.
(...)
Hoy cuando veinte años después miro hacia atrás, son muy pocas las cosas que no hubiera hecho o que hubiera hecho de otra forma. (...) Toda la iniquidad de aquella época era como el alcohol que mezclan con la uva pura del Duero, algo embriagador y lleno de oscuros ingredientes; enriquecía y retrasaba a la vez todo el proceso de la adolescencia, de la misma forma que el alcohol retiene el proceso de fermentación del vino, lo vuelve imbebible, y debe permanecer en al oscuridad, año tras año, hasta que por fin se lo puede sacar a la luz listo para servir.
(...)
La languidez de la juventud, única y quintaesenciada... ¡Qué pronto se pierde para siempre! Todos los demás atributos tradicionales de la juventud: el entusiasmo, los afectos generosos, las ilusiones, la desesperación –todos menos ése-, aparecen y desaparecen a lo largo de la vida. Forman parte de la vida misma. Pero la languidez, la relajación de los músculos todavía no agotados, la mente que busca la soledad y se entrega a la introspección, sólo pertenecen a la juventud y con ella mueren.
(...)
Me convertí, pues, en un pintor arquitectónico.
Más aún que la obra de los grandes arquitectos, amaba los edificios que envejecían en silencio al paso de los siglos, que captaban y guardaban lo mejor de cada generación. Inglaterra está repleta de tales edificios, y durante la última década de su grandeza, los ingleses parecieron darse cuenta por primera vez de algo a lo que hasta entonces no habían dado importancia. Saludaban su belleza y perfecciones en el momento mismo de su extinción.
A raíz de mi primera exposición, me llamaron desde todos los rincones del país para retratar las casas que pronto iban a ser abandonadas o demolidas. Es más; mi llegada precedía a menudo tan sólo en unos cuantos pasos a la del subastador como un presagio del fin.
(...)
Siempre  la llamó “la casa nueva”. Ese fue el nombre que le dieron las nodrizas, y en los campos, los hombres analfabetos que conservaban antiguos recuerdos. Se puede ver el lugar donde se erguía la casa vieja, cerca de la iglesia del pueblo.(...). Cavaron hasta los cimientos en busca de piedras para la casa nueva (...) Ahí yacían nuestras raíces, en los huecos abandonados de la colina del castillo, entre el brezo y la ortiga, entre las tumbas de la vieja iglesia y la capellanía donde no canta ningún clérigo.(...) Eramos caballeros en aquella época, barones desde la batalla de Agincourt. Los mayores honores llegaron con los reyes George, (...) los días de la esquila de la lana y  las anchas tierras de trigo, los de crecimiento y construcción, cuando drenaron los pantanos y araron los páramos, cuando uno edificó la casa, su hijo añadió la cúpula, y el hijo de éste amplió las alas y embalsamó el río..."

miércoles, 2 de marzo de 2011

Bajo el signo de Marte (Mars). 1977. Autor: Fritz Zorn (Fragmento).

Bajo el signo de Marte (Mars). 1977
Fritz Zorn



“ A menudo la sensibilidad representa una gran desgracia para aquel que la tiene, y proporciona al hombre sensible muchos dolores y pocas alegrías. La sensibilidad no es una debilidad ni una inferioridad en el marco de la sociedad humana. Al contrario, la sensibilidad incluso es una necesidad, porque sólo el hombre sensible intuye hasta qué punto su propia sociedad es malvada, y lo siente tan dolorosamente que intenta expresarlo en palabras y provocar una mejora mediante la formulación de su crítica.

Naturalmente, la amiga que yo me imaginaba debía seguir siendo siempre un sueño. En efecto: ¿cómo me hubiera animado a dirigirle la palabra a una muchacha o a llegar a preguntarle si quería ser mi amiga? Evidentemente no era porque yo tratara de contarme aún entre los alumnos “pequeños” que no tenían una amiga. Ni tampoco porque no había encontrado por casualidad una chica en la clase de baile de la que ya he hablado. No, era mucho, mucho más que eso lo que me faltaba, ya que detrás de esa amiga imaginaria se escondía, aun cuando todavía no me daba cuenta bien de ello, la imagen de la mujer, de la sexualidad, del amor, en una palabra: de la vida. La sexualidad no formaba parte de mi mundo, ya que la sexualidad encarna la vida y yo había crecido en una casa donde la vida no estaba bien vista, pues entre nosotros se prefería ser correcto a vivir. Sin embargo la vida toda es sexualidad, ya que florece en el amor, el deseo y las relaciones con el otro. Todo el proceso de la vida debe situarse en el mismo plano que el acto de unión sexual: todo lo que vive impulsa continuamente a la mezcla, a la mutua penetración, a la unión; y toda separación, división, disociación y dislocación es, incesantemente y cada vez, la muerte. El que se une, vive; el que se mantiene aparte, muere.”