jueves, 2 de junio de 2016

Submundo (Underworld, 1997). Don DeLillo. Reseña.

Don DeLillo
Submundo (Underworld, 1997)
Traducción de Gian Castelli Gair
Editorial Seix-Barral. Barcelona.
Páginas: 902

Aunque lo intentara resultaría casi imposible resumir en pocas líneas el argumento de esta densa y alambicada novela.
En el momento de su publicación, el escritor inglés Martin Amis escribió un elogioso artículo, en octubre de 1997, en el New York Times Review, en el cual afirmaba que “Submundo”  “más que elevarse hacia las alturas, crece en extensión, y es difusa, cosa que no tiene por qué ser una novela larga”. Yo añadiría que por encima de toda consideración, leer esta novela es un reto apasionante, y requiere del lector una implicación absoluta.
La prosa de Don DeLillo es de lectura lenta, ralentizada, que precisa en ocasiones de relecturas todavía más lentas. DeLillo, tras la imagen de autor “tecnológico” y posmoderno es por encima de todo un poeta en prosa. Y esta opinión no es compartida por casi nadie. Yo la sostengo tras la lectura de gran parte de su obra.
El estilo del autor contiene tres elementos distintos, basados en el rigor: rigor en el material tratado, rigor en la estructura sintáctica, rigor en la destilación poética.

La frase DeLilliana, empieza expresando todo tipo de datos y hechos, más tarde bascula entre lo terrorífico y lo inopinadamente enfermizo, para finalizar con un broche de melancolía poética. Es algo así como una transfiguración del mundo moderno y contemporáneo en pequeños mantos de belleza narrativa.
De ahí que sea un escritor de párrafos y frases perfectas, casi inhumanas por su alto poder expresivo. Valgan como ejemplo dos fragmentos de “Submundo” que pueden mostrar la belleza de la prosa del autor:


"Conducía un Lexus a través del susurro del viento. Se trata de un automóvil montado en una zona completamente desprovista de presencia humana. Ni una gota de sudor mortal, con la excepción, de acuerdo, de los tipos que lo conducen al exterior de la planta: quizá una pequeña humedad allí donde sus manos han tocado el volante. El sistema fluye eternamente hacia delante, automatizado hasta matices sacerdotales, cada movimiento deslizante obedece a una referencia, para obtener un comportamiento perfecto. Carcasas huecas que avanzan formando una secuencia interminable. Una cola en la que ninguno de sus miembros se encuentra nervioso a consecuencia de la cafeína ni posee historiales clínicos de depresión. Tan sólo el mágico entramado de aleaciones de cromo transportadas en arcos entrelazados, bloques de hierro y lona asfáltica, altivos ornamentos de carrocería acoplados y fundidos. Robots que aprietan tuercas, currantes programados que no sueñan con los muertos familiares."



"Al internarse en una calle situada tras el instituto se sorprendió de ver que estaba cortada al tráfico. Era una calle destinada a juegos, el pavimento marcado con entramados pintados, con las casillas numeradas del tejo y la rayuela, con las bases para el "slapball". A Albert le encantó. Había pensado que la antigua costumbre de cerrar calles para que jugarán los críos había desaparecido hacía tiempo, décadas atrás, como la reliquia mental de una vida aún no completamente dominada por los automóviles y los camiones. Se detuvo y contempló el juego de los niños, sosteniendo su bastón en posición horizontal frente a la cintura como si se tratara de la barandilla de un estadio. Niños pequeños, delgados y veloces, con cadencias jamaicanas en algunas de sus voces y una niña de piel manchada que acaso sería malaya o del sur de la India, había que adivinarlo, saltando por las casillas de la rayuela con calculada habilidad, girando en el aíre con tal economía de movimientos que apenas se despeinaba: una piel broncínea que se tornaba alternativamente más clara y oscura, con matices oliváceos bajo los ojos. Deseó detenerla en mitad de un salto, detener todo durante medio segundo, relojes atómicos, relojes corporales, el micromundo en el que los físicos buscan el tiempo... y luego reproducirlo marcha atrás, desaltar a la muchacha, rebobinar la vida, proporcionarnos a todos la ocasión de recomenzar. Recordó la palabra para recomenzar, una palabra que los críos suelen gritar.(...)
Las estaciones transcurrían simultáneamente, los años eran como un remolino vertiginoso. Como el tiempo en los libros. En los libros, el tiempo transcurre en el curso de una frase, muchos meses y años. Escribe una palabra y adelántate una década. Aquí, a su edad, en aquel mundo sin márgenes, tampoco era tan distinto."

1.- La novela se inicia con un prólogo que narra el mítico partido de beisbol de 1951, que enfrentaba a los Giants con los Dodgers, y donde tuvo lugar el legendario “home run” del bateador Bobby Thomson al base Ralph Branca. Paralelamente ese mismo día los soviéticos iniciaban su primera prueba atómica. DeLillo une ambos hechos con la presencia narrativa de personajes reales, mezclándolos con ficticios. Así aparece Sinatra, Lenny Bruce, o el mísmisimo  Edgar Hoover, el cual, este último, mientras presencia en directo el partido, recibe la noticia de la prueba atómica soviética y acto seguido queda embelesado, contemplando una foto de una revista que reproduce el cuadro de Brueghel “El triunfo de la muerte”. Son unas cincuenta páginas prodigiosas, absorbentes, me atrevería a decir geniales. Tras semejante inicio, empieza la novela. El primer clavo temático ya está remachado: Las armas nucleares marcaron la vida cultural estadounidense durante toda la segunda mitad del siglo XX. Iniciamos la era atómica.

2.- Los verdaderos protagonistas de la obra son los hermanos Shay (Nick y Matt). Ambos, del barrio neoyorquino del Bronx,  se enfrentan a la vida, a principios de los años 50 del siglo pasado, bajo un mismo trauma personal: el abandono familiar del padre, el cual desaparece sin dejar rastro cuando eran muy niños.
La busca de una figura paterna marca la vida de los dos.  El pequeño Matt lo halla en Albert Bronzini, maestro de escuela y profesor de ajedrez. Matt apunta a genio del ajedrez. Por el contrario Nick Shay (probablemente el personaje más importante de toda la novela) se convierte en delincuente juvenil, hasta la comisión de un acto que marcará su vida y “casualmente” llevado a cabo el mismo día del partido entre los Giants y los Dodgers.
Por otro lado, Bronzini, a mediados de los 50, tiene por esposa a Klara Sax, madre y ama de casa, insatisfecha, que mucho tiempo más tarde, entrados ya los años 90, divorciada  de Albert, emergerá como una figura pública dentro del arte underground.
El punto de fuga, el hecho que hace que todo explote hacia todas partes, no será desvelado por DeLillo hasta casi llegar al final de la novela.

3.-  DeLillo, como autor posmoderno y transgresor de la narrativa realista o convencional, no sigue su relato de modo lineal. Cada nuevo capítulo supone un abrupto salto de tiempo y espacio,  avanza y retrocede la historia y la trama hasta límites inexpresables. La sucesión narrativa pega grandes saltos invertidos, de adelante hacia atrás. Como bien apuntó en su día el excelente crítico y escritor español José María Guelbenzu, en su prólogo a la edición para Círculo de Lectores de 2003, “ “Submundo” es una suerte de escritura-collage que parece dispersar en todas direcciones la lógica externa de la cronología, y se estructura con todo rigor en la lógica interna de los pensamientos, recuerdos y sensaciones de sus personajes, establece las conexiones entre ellos por medio de saltos atrás que se mezclan con el presente hasta juntar cuarenta años de vida. De tal forma, que sorprendentemente el presente se va esclareciendo poco a poco según él mismo desvela como lo constituye el pasado; entonces es cuando cobra sentido la estructura. Esto obliga al lector a partir de personajes ya hechos, que nunca van a ser más de lo que son, pero que han de ser tan conscientes desde el principio para soportar el camino hacia atrás”.
“Submundo” surca y trasciende el tiempo (la segunda mitad del siglo XX) y el espacio (Harlem, Phoenix, Vietnam, Kazajstán, Texas, el Bronx) pero su verdadero “loci”, su verdadero lugar narrativo DeLilliano son lo que Amis describe como “los espacios en blanco del mapa”. Desiertos apocalípticos, océanos desérticos, aeropuertos semiolvidados, ciudades fantasma, comarcas desoladas por las pruebas atómicas, casi diría que el “loci” de “Submundo” es el no-lugar, el no-espacio, por la carencia de vida y alma. 

4.-  ¿Por qué el título de  “Submundo”?
El tema de las armas atómicas se le une el de la gestión de residuos tóxicos.
Nick Shay, una vez estabilizado como hombre, esposo y ciudadano, se especializará en la eliminación de lo que eufemísticamente se denomina “la mierda del mundo”. En este sentido “Submundo” es un alto tratado sociológico y moral sobre los desechos y residuos tóxicos que el capitalismo excreta y hiede. Buena parte de la novela rezuma un chiste, entre Nick y su superior de la empresa donde trabaja, relativo a un barco inmenso, con la capacidad de un petrolero, que surca los mares del planeta sin destino fijo, y sin que ningún puerto quiera acogerlo, debido a que en su interior moran residuos tóxicos y atómicos.

5.- Y final. El epílogo de la novela es probablemente lo mejor que ha escrito DeLillo en toda su carrera como escritor. Lleva por título “Das Kapital” y aborda dos “loci” distintos: las comarcas de Kazajstán asoladas por la radiación atómica y la ulterior monstruosidad de los cuerpos humanos expuestos a tal radiación;  y el mito urbano del Bronx del Ángel Esmeralda (relato éste que sería recuperado por el autor en un posterior volumen de relatos cortos). Es un final apocalíptico, ubicado en la antigua Unión Soviética y en Estados Unidos, que forman las dos caras de una misma moneda, la de un submundo ya irreparable.

Estamos, en fin, ante una obra maestra absoluta. Pocas obras literarias pueden llegar tan lejos como ésta. En palabras del antes citado José María Guelbenzu, “gracias a libros como éste el faro de la literatura sigue luciendo en tiempos de oscuridad e indecisión.”

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