miércoles, 15 de febrero de 2012

Guerra y paz. Autor: Lev Tolstói.

Guerra y paz.
Lev Tolstói
Editorial Mario Muchnick editores
Traducción de Lydia Kúper

Tolstói narra como un agricultor  siembra sus prados, utilizando las palabras como aquellos usan un azadón y un rastrillo. Con el amor a la tierra y la pasión de un “mujik” ruso.

Josep Pla dejó escrito que ésta era la más alta e inteligible novela escrita en la historia de la literatura. Totalmente de acuerdo.
Para el escritor ampurdanés Tolstói era el Homero de la literatura. Su prosa es continua, sostenida, entendible e inmutable. No hay momentos de resplandores o climax extenuantes (como pasa con Victor Hugo o Stendhal) sino que todo el cuerpo narrativo tolstoiano fluye mansamente pero con la regularidad y la certeza de un inmenso río que desemboca al mar.
Impresionan sobremanera  todas las descripciones de bailes y fiestas de la alta sociedad peterburguesa,  las relaciones sociales de esa aristocracia rusa afrancesada y parásita, la génesis de los matrimonios de conveniencia concertados por dicha clase social,  la minuciosa y escrutadora ( hasta el delirio) descripción de las  batallas de Austerlitz y Borodinó. Pero lo que alcanza cuotas de genialidad, de absoluta maestría narrativa, es la toma de Moscú por parte de las tropas napoleónicas. Tolstoi compara la capital rusa y sus habitantes, que huyen de ella, con un gran panal de abejas que ha perdido a su abeja reina,  donde una vez vacío y abandonado se convierte en un estercolero humano (huelga decir que la abeja reina de Rusia es el zar Alejandro).  La entrada de la soldadesca enemiga en Moscú es comparada, por el autor, al agua que se va filtrando por una zona arenosa provocando con ello el secamiento de dicha agua y el  enfangamiento de la arena (o sea el principio del fin de los soldados napoleónicos, prestos al pillaje y la quema y destrucción de la ciudad de Moscú) . Los tres vectores de la novela (las familias Rostov, Bolkonski y Bezujov) confluyen y divergen durante toda la narración, hasta llegar a lo increíble: Ficción e Historia quedan soldadas, fundidas sin ningún tipo de inverosimilitud.  Eso es lo que más impresiona de “Guerra y paz”, el hecho de que ya no sabemos donde acaba  la realidad y  empieza la imaginación del autor. Tolstoi no narra la  Historia sino que “hace Historia” y ésta fluye de su pluma de forma natural e imperceptible.
Sin duda hay momentos que te marcan como lector, y uno de ellos es la forma como Tolstoi narra  la agonía y muerte del principe Andrei Bolkonski bajo la tierna y sublimada  mirada de Natasha Rostova y la princesa Maria. 
El editor y la traductora de la presente edición que estoy leyendo (Mario Muchnick y Lydia Kúper) , traducida del original ruso en una nueva y rigurosa traducción al castellano, relatan que mientras traducían y editaban esta obra “no pudimos evitar (de Tolstoi)  maravillarnos de su idioma robusto, audaz; estremecernos ante su conocimiento del alma humana; hallando explicaciones recónditas pero explícitas de muchas actitudes, gestos y hasta sueños de muchos personajes, explicaciones que, en una lectura normal, pasan desapercibidas”.

Good bye Lenin. Dreamers. Las invasiones barbaras.

Quería advertir que en el año 2003 se estrenaron en nuestras pantallas tres películas – Goodbye Lenin, Dreamers (Soñadores) y Las invasiones barbaras-  unidas por un similar marco temático – la caída de las utopías o lo que es lo mismo el fracaso de las ideologías de izquierdas de transformación social surgidas en el siglo XX. Pasaré a analizar sucintamente cada película, expresando opiniones personales sobre las mismas:


1.- "Good Bye Lenin" del realizador Wolfang Becker se tiñe de comedia agridulce, posiblemente porque hubiera sido insoportable, para los ciudadanos de la extinta RDA,  plantear la caída del muro de Berlín de modo realista, a la manera pongamos por caso de un Ken Loach. Abundando en la “Ostalgie” – contracción de las palabras germanas “Este” y “Nostalgia”, es decir la nostalgia del este – Becker nos muestra  que pese a los estratosféricos errores de un estado dictado por lideres tan impresentables como Kronenberg, la Alemania comunista fue, en algún tiempo lejano,  un digno y legítimo intento de modificar los desajustes de talento, riqueza y ambición de la lógica de cualquier economía de mercado. De hecho la figura de la madre – no olvidemos que en el cine soviético posterior a la revolución   la madre adquiere la forma de icono revolucionario – es depositaria de  las características de lo puro e incontaminado de su país.  Mantener a la madre feliz en su parque temático “ostálgico” equivale a aislar de lo infame todo aquello que de digno y bello tuvo un día la vida de la antigua RDA.  Cuando descubrimos que un antiguo cosmonauta, héroe nacional en otro tiempo, se gana la vida como taxista en un país devorado por la pornografía y las hamburgueserías, podemos llegar a entenderlo todo. La madre – o lo que es lo mismo la Utopía- debe, metafórica y materialmente,  morir puesto que ya no tiene cabida en una realidad tan demoledora. El pulmón de acero en el que ésta ha vivido sus últimos días se resquebraja por todos lados. Lo que fue la RDA se reduce finalmente a una obsesión “ostálgica” de pepinillos leninistas,  inencontrables en el nuevo supermercado globalizado. Triste metáfora de una sociedad extinta convertida en fetichismo de consumo. 



2.- En "Dreamers" (Soñadores)  Bernardo Bertolucci también aísla a sus protagonistas de la realidad, situándolos literalmente en una placenta mental de compleja salida. Los tres protagonistas del filme tienen varios tics  propios de la burguesía izquierdista y urbana, presente en la Europa occidental de  la segunda mitad del siglo XX: la cinefilia, el izquierdismo  “de salón” o  “gauche divine” y finalmente, la humillante dependencia que estos jóvenes burgueses tenían de la economía familiar.
Cuando los dos hermanos parisinos y el amigo-amante “yankee”  retozan en el interior de una bañera y discuten sobre cine, sexo y el libro rojo de Mao, apreciamos que el “liquido amniótico” que los circunda  - el agua caliente que todo lo protege – opera como auténtico recipiente de supina inmadurez ideológica. El aislamiento suicida llega hasta tal punto que incluso éstos se refugian en una especie de cabaña en forma de sexo femenino cuyo interior adquiere la estructura de una placenta, en la que la protagonista conecta una manguera -cordón umbilical-  el cual no transporta la vida sino la muerte. En la que a mi modesto juicio es una de las  secuencias fundamentales del filme, el “amigo americano” le dice al hermano francés – actor-hijo de Phillipe Garrel – que si quiere realmente cambiar el mundo debe salir de su comodidad burguesa y hacer algo. En resumen, que defender el libro rojo de Mao  debe hacerse en la trinchera de la vida y no en un piso decadente de Paris. Paradójicamente en el momento de actuar – al final del filme-  en las calles de Paris, el americano renuncia a toda acción violenta.  Muchas otras cosas pueden decirse de esta infravalorada película de Bertolucci  (posiblemente el mejor filme del cineasta italiano en bastantes años), pero lo más relevante en mi opinión es el de representar la gran ingenuidad  ideológica de toda una generación, que habitaba física y psicológicamente en el  lado occidental del muro de Berlín, y que no supo ver que detrás de determinados “istmos” de izquierdas – maoísmo, trotskismo o estalinismo- se escondían realidades mucho más complejas.  En determinados medios de comunicación se ha presentado el filme como un acto de nostalgia sesentayochentista  de Bertolucci – posiblemente lo es, a modo de la “Ostalgie” de Becker – pero su diagnóstico es aterrador hacia su propia generación, puesto que Bertolucci  fue un miembro destacado de la “gauche divine” internacional. Se diría que como sucede con Good bye Lenin, Dreamers es la crónica de otro fracaso.  

3.- "Las invasiones Bárbaras" de Denys Arcand es de las tres películas la que mira más hacia el futuro, empezando por su título. Porque, ¿quienes son los bárbaros a los que se refiere el enunciado?. A medida que avanza la película nos damos cuenta de que todo aquello que representaba algo para el  personaje central del filme – Remy,  un sesentón, enfermo terminal en un hospital del Canadá Quebequés – resulta demolido y arrasado por lo que un sociólogo definiría como el “pensamiento único”. En la sociedad actual ya no tiene ningún valor real leer un libro de Primo Levi o Cioran, ir al cine y revisitar la obra de Godard o Tarkovski – por cierto es curioso como Godard es citado en casi todos los filmes comentados, su sombra es realmente alargada -  o escuchar la voz de Françoise Hardy o Jacques Brel. Cualquier analfabeto cultural puede perfectamente dirigir las riendas del planeta (vease Reagan o Bush), las corporaciones trasnacionales deciden el futuro de millones de trabajadores con la facilidad con la que el dedo humano presiona una tecla de un ordenador y el capitalismo puro y duro campa por sus respetos. Bueno, todo esto puede parecer exagerado pero es esto de lo que trata esta película. La muerte eutanásica del protagonista se nos antoja como la extinción - nuevamente suicida - de todo un mundo, de toda una civilización. Toda una generación sometida también a los “istmos” de la izquierda occidental parece barrida. Pese a ello hay un resquicio de esperanza en un personaje- la joven drogadicta  y chamán del protagonista -  que deviene  heredera universal de un patrimonio basado en Levi, Cioran, Godard etc. etc.    Es un contrasentido pero el filme más trágico de los tres acaba siendo el más optimista, puesto que siempre las nuevas generaciones pueden reemprender la cultura dejada por sus predecesores.

 

Experiencia (Experience, 2000). Autor: Martin Amis.

Experiencia (Experience, 2000).
Martin Amis
Editorial Anagrama
Traducción Jesús Zulaika.

He vuelto a reemprender la lectura de las “memoirs” de Martin Amis (hace dos años leí las primeras 180 páginas y abandoné el libro, no sé porqué), que llevan por título explícito e ilustrativo “Experiencia”. Leer a Amis es para mi un verdadero ejercicio de relajación psicológica, así como de placer intelectual de primer orden. El autor articula su libro-biografía en varios carriles temáticos:

1.- La relación –emotiva, difícil y sincera-  con su padre, el también escritor Kingsley Amis. Kingsley fue un padre atípico. Hay momentos en los que Martin lo describe casi como si éste fuera su hijo y no su padre.

2.- El impacto y sumo dolor que el autor - y  toda su familia- sufrió con la desaparición y muerte de su prima Lucy Partington (Lucy fue asesinada por un asesino en serie. Desapareció en 1973 y no supieron nada de ella hasta veinte años después, al encontrar sus restos en el domicilio del asesino).

3.- Los problemas de ortodoncia que a Amis le supusieron una auténtica tortura física y psicológica.

4.- La admiración (yo diría incluso veneración) hacia los escritores Vladimir Nabokov y Saul Bellow. Concretamente Saul Bellow se convierte en una especie de padre literario de Amis.

5.- La ruptura con su amigo Julian Barnes. Amis era cliente de la esposa de Barnes (ésta era su agente literaria) y al cambiar de agente le supuso una especie de cisma con el matrimonio amigo.

6.- El descubrimiento de un hija secreta de diecinueve años.

7.- La decadencia física y psíquica de su padre – sufrió una severa demencia senil cercana al alzheimer-, así como su muerte. Posiblemente las páginas más bellas y emocionantes del relato; y en las que Amis vierte todo su amor y dolor. Es en este momento cuando el autor entiende realmente lo que supone ser padre (mucho más que el hecho de ser hijo, ya que lo que realmente es difícil es ser un buen padre).

Martin Amis es un gran escritor,.
Inolvidables los pasajes en que el autor relata su arcádica infancia en las agrestes playas de Gales (Swansea), en las secas y ardientes calles de Málaga y Mallorca, su adolescencia en Oxford, su madurez en Londres y Nueva York. Para tal cometido Amis emplea todo tipo de recursos narrativos: la epístola (cartas a su padre y madrastra), la literatura de viajes (impagables sus accidentados  viajes adolescentes por España, Francia y Estados Unidos) ,  la caracterología novelesca de su familia (su padre se nos antoja un personaje Powelliano y su madre una valiente nómada victoriana descubridora de nuevos países;  su prima Lucy se nos aparece como una verdadera heroína de una novela de terror).
 
Unas memorias espléndidas, originales y muy bien escritas. Muy recomendables.

lunes, 24 de octubre de 2011

Stoner (1965). Autor: John Williams. (Fragmentos)


John Williams
Stoner (1965)
Ediciones de Baile del sol.
Traducción de Antonio Díez Fernández

“Edith Elaine Bostwick era la típica chica de su época y circunstancias. Había sido educada bajo la premisa de ser protegida de los graves incidentes que la vida pudiera poner en su camino y bajo la de que no tenía otra tarea que la de ser elegante y cómplice consumada de esa protección, dado que pertenecía a una clase social y económica para la que la protección era una obligación sagrada. Fue a colegios privados para chicas en los que aprendió a leer, escribir y aritmética simple. En su tiempo libre se le animaba a bordar, a tocar el piano, a pintar con acuarelas y a debatir sobre algunas de las obras más tiernas de la literatura. Había sido también instruida en asuntos de ropa, carruajes, dicción para damas y moralidad.

Su instrucción moral, tanto en los colegios a los que fue como en casa, eran de naturaleza negativa, de propósito prohibitivo y casi únicamente sexual. De todas formas, la sexualidad era indirecta y no reconocida, por lo tanto cubría cualquier parte de su formación, que recibía la mayor parte de su energía de la fuerza moral regresiva y tácita. Aprendió que tendría tareas para con su marido y familia y que debería cumplirlas.”

(...)

 La enterró junto a su marido. Después de que el funeral hubiera terminado, se quedó solo en el frío viento de noviembre y miró las dos tumbas, una abierta a sus pies y la otra cubierta y poblada por una fina capa de hierba. Se giró hacia el pequeño lugar yermo y sin árboles que acogía a otros como sus padres y miró a través de la tierra plana en dirección a la granja en la que había nacido, en la que sus padres habían pasado los años. Pensó en los costes que precisaba, año tras año, el suelo, que permanecía como había sido – un poco más yermo, tal vez, algo mejorado-. Nada había cambiado. Sus vidas se habían consumido en un trabajo triste, rotas sus voluntades, sus inteligencias aturdidas. Ahora yacían en la tierra a la que habían entregado sus vidas y, lentamente, año tras año, la tierra les acogería. Lentamente la humedad y la descomposición infestarían las cajas de pino que contenían sus cuerpos y, lentamente, tocaría sus carnes y, finalmente, consumiría los últimos vestigios de sus sustancias. Y se convertirían en partes sin importancia de aquella obcecada tierra a la que largo tiempo atrás habían entregado sus vidas.”

(...)

Ambos eran muy tímidos y se fueron conociendo despacio, a tientas, se acercaban y se separaban, se tocaban y se retiraban, sin que ninguno quisiera imponer al otro más que lo que fuera grato.
Día a día las capas de reserva que los protegían cayeron, por lo que al fin eran como muchos que son extraordinariamente tímidos, cada uno abierto al otro, sin protección, perfectamente cómodos y sin conciencia de uno mismo.

(...)

En su tierna juventud, Stoner había pensado en el amor como una manera de estar absoluta a la que, si se era afortunado, podía acceder; en su madurez había decidido que era el cielo de una religión falsa hacia el que se debía mirar con un descreimiento apacible, un desprecio bondadoso y familiar y una nostalgia vergonzante. Ahora, en su mediana edad, empezaba a saber que ni era un estado de gracia ni una ilusión, lo veía como un acto humano de conversión, una condición inventada y modificada momento a momento y día a día, por la voluntad y la inteligencia del corazón.”


viernes, 6 de mayo de 2011

En busca del tiempo perdido. Autor: Marcel Proust. Dos fragmentos.

“ A continuación contemplaba sin cansarme su gran rostro recortado como una bella nube ardiente y apacible, tras el cual se sentía irradiar la ternura. Ella sentía tal placer en cualquier esfuerzo que me lo evitara a mí y- en un momento de inmovilidad y calma para mis miembros fatigados- algo tan delicioso, que – cuando, al ver que quería ayudarme a acostarme y descalzarme, hice el gesto de impedírselo y empezar a desvestirme por mí mismo- detuvo con una mirada suplicante mis manos que tocaban los primeros botones de mi chaqueta y de mis botines.
“Oh, te lo ruego”, me dijo. “Es tal gozo para tu abuela. Y sobre todo no dejes de llamar a la pared, si necesitas algo esta noche: mi cama está adosada a la tuya y el tabique es muy fino. Dentro de un momento, cuando estés acostado, hazlo para ver si nos entendemos bien”.
Y, en efecto, aquella noche llamé con tres golpes, que, cuando estuve enfermo, una semana después, renové todas las mañanas durante unos días, porque mi abuela quería darme leche temprano. Entonces, cuando me parecía oír que estaba despierta – para que no esperara y pudiera, un instante después, volver a dormirse- me arriesgaba a dar tres golpecitos, tímida, débil, nítidamente, pese a todo, pues, si bien temía interrumpir su sueño en caso de que me hubiera equivocado y estuviese dormida, tampoco quería que siguiera alerta para oír una llamada que no hubiese distinguido la primera vez y que yo no me atrevería a repetir. Y, apenas  había dado mis golpes, oía otros tres, con una entonación diferente, marcados por una autoridad apacible, repetidos en dos ocasiones para mayor claridad y que decían: “No te agites, te he oído; dentro de unos instantes estaré ahí”, y muy poco después llegaba mi abuela. Yo le contaba mi temor de que no me oyera o hubiese creído que se trataba de un vecino y se reía:
“Confundir los golpes de mi pobre niño con otros, pero, ¡si su abuela los reconocería de entre mil! ¿Crees tú que puede haber otros en el mundo tan bonitos, tan febriles, tan divididos entre el miedo a despertarme y a no ser entendido?. Pero, aunque se contentara con un raspadito, reconocería en seguida a mi ratoncín, sobre todo cuando es tan excepcional y digno de lástima como el mío. Ya lo estaba yo oyendo desde hace un momento que vacilaba, que se movía en la cama, que hacía todas sus maniobras.”

En busca del tiempo perdido II.
A la sombra de las muchachas en flor.
Marcel Proust
Editorial Lumen
Páginas 257-258

“Conmoción de toda mi persona. Ya la primera noche, como padecía un ataque de fatiga cardíaca, al intentar superar mi dolor, me agaché con lentitud y prudencia para descalzarme, pero, apenas hube tocado el primer botón de mi botín, se me hinchó el pecho, colmo de una presencia desconocida, divina, me sacudieron sollozos, lágrimas brotaron de mis ojos. La persona que venía a mi socorro, que me salvaba de la aridez del alma, era la que, varios años antes, en un momento de angustia y soledad idénticas, en un momento en que ya no me quedaba nada de mí, había entrado y me había devuelto a mí mismo, pues era yo y más que yo. Acababa de vislumbrar, en mi memoria, inclinado sobre mi fatiga, el tierno rostro, preocupado y decepcionado, de mi abuela, tal como se encontraba aquella primera noche de nuestra llegada; el rostro de mi abuela, no la que me había asombrado y reprochado añorar tan poco y que sólo tenía de ella el nombre, sino mi abuela verdadera, cuya realidad viva volvía yo a encontrar – por primera vez desde que le había sobrevenido el ataque en los Campos Elíseos – en un recuerdo involuntario y completo. Dicha realidad no existe para nosotros, mientras no haya sido recreada por nuestro pensamiento y así, con un deseo irresistible de precipitarme en sus brazos, hasta aquel instante – más de un año después de su entierro, por culpa de ese anacronismo que con tanta frecuencia impide que el calendario de los hechos coincida con el de los sentimientos – no me enteré de que había muerto. Desde aquel momento había hablado con frecuencia de ella y también había pensado en ella, pero, bajo mis palabras y pensamientos de joven ingrato, egoísta y cruel, nada había habido nunca que se pareciera a mi abuela, porque, con mi ligereza, mi gusto del placer, mi costumbre de verla enferma, abrigaba en mi interior sólo en estado virtual el recuerdo de lo que ella había sido.(...)

Seguramente la existencia de nuestro cuerpo, semejante para nosotros a un jarrón en el que estuviera encerrada nuestra espiritualidad, es la que nos induce a suponer que tenemos perpetuamente en nuestro poder todos nuestros bienes interiores, nuestras alegrías pasadas, todos nuestros dolores. Tal vez sea igualmente inexacto creer que se escapan o vuelven. En todo caso, si permanecen en nosotros, la mayoría de las veces es en un ámbito desconocido en el que no nos son de menor utilidad; pero, si recobramos el marco de sensaciones en el que se conservan, tienen, a su vez, esa misma capacidad de expulsar todo lo incompatible con ellos, de instalar  sólo en nosotros el yo que los vivió. El que yo acababa de volver a ser de súbito no había existido desde aquella noche lejana en la que mi abuela me había desvestido a mi llegada a Balbec (...) Yo no era sino aquella persona que intentaba refugiarse en los brazos de su abuela, borrar las huellas de sus penas dándole besos.”

En busca del tiempo perdido. IV. Sodoma y gomorra.
Marcel Proust.
Editorial Lumen.
Páginas 170-171

miércoles, 27 de abril de 2011

Cartes d´Italia. 1954. Autor: Josep Pla. (Fragment).


“ A l´Edat Mitjana, Siena fou, probablement, la ciutat italiana d´una vida més apassionada, més ombrívola i més violenta. La lluita entre la llibertat i la tirania, travessada d´enemistats familiars portades al roig viu, d´implacables venjances, d´odis sense treva, hi arribà a una temperatura elevadíssima. Quins remolins de violència tingueren per fons les pedres del Palazzo Pubblico i de la Piazza!

Guerres amb les repúbliques veïnes, guerres civils, combats de carrer, exilis, deportacions en massa, proscripcions, confiscacions, cops de mà populars, violències aristocràtiques, guerres de desterrats contra l´oligarquia, submissions a forçes estrangeres, furioses revoltes, gesticulació sublim, actituds de traïció, grotesca joglaria…
Una vegada, en foren desterrats en bloc quatre mil artesans, el nombre de persones que hi foren escanyades és incomptable; les “defenestrazioni”, l´eliminació violenta, dels administradors de la ciutat per les finestres del comú, forma un contingent elevadíssim.

Quan hom pensa en la història de Siena i contempla el color general de la ciutat – un color de terra tocada d´una barreja de carmí pàl·lid i d´ivori groguenc-, us vénen ganes de creure que Siena ha estat amassada en sang – en coàguls de sang humana vermella i negrenca, que el pas dels segles ha alleugerit i esvaït delicadament”.


Cartes d´Italia. 1954
Josep PLA


viernes, 15 de abril de 2011

En busca del tiempo perdido V. La prisionera. Autor: Marcel Proust (Fragmento)

“ El día siguiente a aquella velada en la que Albertine me había dicho que tal vez iría y después no iría a casa de los Verdurin, me desperté temprano y, medio dormido aún, mi alegría me comunicó que había – interpolado en el invierno- un día de primavera. Fuera, temas populares finamente escritos para diversos instrumentos – desde la bocina del reparador de porcelana o la trompeta del sillero hasta la flauta del cabrero, que en un día hermoso parecía un pastor de Sicilia- orquestaban ligeramente el aire matinal, en una “Obertura para un día de fiesta”. El oído, sentido delicioso, nos brinda la compañía de la calle, de la que nos describe todas las líneas, traza todas las formas que por ella pasan, al tiempo que nos muestra su color. Los cierres del panadero, del mantequero, que la noche anterior estaban bajados sobre todas las posibilidades de la felicidad femenina, se alzaban ahora como las ligeras poleas de un navío que zarpa y va a navegar, cruzando el mar transparente, por un sueño de jóvenes empleadas. Ese ruido del cierre, al subir, tal vez habría sido mi único placer en un barrio diferente. En éste me alegraban otros cien, ninguno de los cuales habría querido perderme despertándome demasiado tarde. El encanto de los viejos barrios aristocráticos consiste en ser, además, populares. Como los que a veces tuvieron las catedrales no lejos de su pórtico – algunos de los cuales llegaron a conservar su nombre, como el de la catedral de Ruán, llamado de los “Libreros”, porque éstos, pegados a él, exponían al aire libre su mercancía -, diversos vendedores ambulantes pasaban por delante del noble palacete de Guermantes y recordaban a veces a la Francia eclesiástica de antaño, pues la llamada que lanzaban a las casitas vecinas nada tenía – con escasas excepciones- de una canción. Difería de ella tanto como la declamación – apenas coloreada por variaciones insensibles- de Boris Godunov y Pelléas, pero, por otra parte, recordaba la salmodia de un cura durante oficios de los que las escenas de la calle son la simple contrapartida bonachona, ferial, y, sin embargo, a medias litúrgica.
Nunca me había dado tanto placer como desde que Albertine vivía conmigo; me parecían una señal gozosa de su despertar y, al interesarme en la vida de fuera, me hacían sentir mejor la sosegadota virtud de una presencia querida, tan constante como la deseaba yo. Algunos de los alimentos voceados en la calle y que yo, personalmente detestaba eran muy del gusto de Albertine, por lo que Françoise enviaba a comprarlos a su joven lacayo, tal vez un poco humillado de verse confundido con la muchedumbre plebeya.”

En busca del tiempo perdido. V.
La prisionera
À la recherche du temps perdu. V.
La prisonnière.
Marcel Proust
Editorial Lumen
Traducció de Carlos Manzano